
Inauguración del Estadio Tomás Adolfo Ducó
Buenos Aires, 7 de septiembre de 1947. Los ochenta mil espectadores que caminaron hacia la intersección de Amancio Alcorta y la calle Luna esta vez se encontraron con un paisaje diferente. Entusiasmados, levantaban la mirada. Justo para ver cómo se asomaba la torre, cómo emergían las paredes de ladrillo visto desde la tierra. Para ver cómo se imponía el Palacio, el Gran Stadium que prometía ser el nuevo gigante de cemento de Sudamérica.
El Club Atlético Huracán se fundó en 1908, pero hasta ese día de la inauguración a los quemeros les tocaba alentar desde tribunas de madera situadas en el mismo lugar que las actuales. El mito urbano de La Quema sigue intacto: “Decían que algunos partidos se suspendían porque todo el humo se iba para la cancha”.
En 1941 comenzaron las obras palaciegas. El presidente del club en ese entonces era el Teniente Tomás Adolfo Ducó. La obra estuvo a cargo del estudio de arquitectura de Miguel Curutchet, quien integraba la Comisión Directiva y ya había construido la sede del club. Fue una obra ambiciosa. Uno de los primeros estadios construidos en hormigón armado de la ciudad. Una obra maestra del Art Decó. Un estadio lleno de detalles y terminaciones diseñadas minuciosamente. Los ladrillos, las columnas y las letras rojas. La torre como marca registrada y la majestuosidad de sus entradas en mármol completaban la escena para que hasta el día de hoy sea de los estadios más lindos, auténticos y tradicionales del país.
Homero Manzi no dudó: “Los arqueólogos se empeñan en hacer la cuenta exacta de las ciudades superpuestas a lo largo de sucesivas civilizaciones. Ayer, sentados en las butacas de Huracán, sin querer, hacíamos nuestra arqueología sentimental”. Lo publicó en el diario Crítica el 8 de septiembre de 1947, al día siguiente de haber presenciado en esas butacas cómo Huracán vencía 4-3 a Boca Juniors, por el Campeonato de Primera División.
Y de esa misma arqueología sentimental seguimos hablando los quemeros cada vez que cantamos que cumplimos más de cien años en el mismo lugar. Sacamos pecho exponiendo identidad a través de las paredes de nuestro hogar.
En estos tiempos modernos, el Ducó sigue siendo un destello que nos hace apreciar nuestra historia, belleza y pertenencia. Y también valorar que una casa de ladrillos con una torre, un rectángulo de césped y dos arcos puede aún existir y perdurar.
Micaela García






