“Treinta años de recuerdos alrededor de un Globo”, por Homero Manzi

Los arqueólogos se empeñan en hacer la cuenta exacta de las ciudades superpuestas a lo largo de sucesivas civilizaciones. Ayer, sentados en las butacas de “Huracán”, sin querer, hacíamos nuestra arqueología sentimental, superponiendo en el recuerdo las distintas canchas del club del Parque de los Patricios, que nació bajo el símbolo de aquel globo ausente –que llorará todo Buenos Aires- y que tuvo como presidente honorario a Jorge Newbery, el príncipe de los deportes argentinos, aquel de la sonrisa triste y la muerte gloriosa.

Es que habían pasado muchos años sobre nuestras vidas. Ya no estamos con “Tuco”, el extraño vagabundo del conventillo de la calle Garay, mirando “medio partido” desde las montañitas de Chiclana. Ya no corría sobre la líneas lateral de la cancha el “Ruso Chavin·, con el pañuelo colgando del bolsillo trasero de su largo pantalón azul.

Y el “Negro Laguna”, mañero y limpio al mismo tiempo, y “Ginebra”, el ídolo de la calle Rioja, “Iriarte”, “Basaldene”, “Carabelli”, “Marquez”, “Soulas” y “Martinez” (Pedrito Martinez) tampoco andaban sobre el pasto.

Comprendimos que habían pasado muchos años sobre nosotros y sobre los demás, y que, en su curso, el escenario y los actores se habían transformado. Claro, algo había quedado como antaño, y eran el corazón indomable de un “once” que empuja como si fuera el de siempre, y el globo simbólico que para jerarquizarse puede apelar a la tradición deportiva mezclada a la ciudad de 1910, que subía a las azoteas bajas para ver pasar sobre los molinos y las chimeneas los inflados aparatos de “Newbery y el Sargento Romero”.

También estaba sobre la cancha –otorgando con su presencia serena categoría de seguridad, el “Cachorro Alberti”. Porque hace mucho, cuando en lugar de las tribunas actuales apenas si existía una casilla de madera, ya jugaba un “Alberti”, que desde la misma línea lucia el arte del rechazo infalible y rotundo. Y también estarían sobre las tribunas, mezclados a la multitud, los muchachos de “Danel”, de “Metan”, de “Prudan”, de “Casacuberta”, de “Gallegos”, de “Cabot” –famosas cortadas del Sur- y sobre cuyas piedras sin tranvías se levantaron escuelas primarias de football ¡ con pelotas de veinte… !

Estaban allí. Yo los he visto otra vez como hace muchos años, inflando el globito con todos los pulmones y festejando la victoria con las gorras al aire y ocupando orgullosos las gradas de cemento.

La historia de los barrios porteños esta escrita, sin duda alguna, en los libros de acta de los clubes de barrio. Huracán es casi la historia misma del Parque de los Patricios. Alrededor de su nombre Pampero, giran los recuerdos del barrio sur. Al globo rojo sobre campo blanco –heráldica suburbana- están adheridas las cosas del barrio, y los cafetines del barrio, y los baldíos del barrio…con melancólicas suturas.

¿Es que el Café Benigno, desde cuyo palco molía tangos el bandoneón de “Arturo las Vieja”, y en cuya pizarra de billar se colocaba el resultado de los partidos de primera cuando no había radio ni sextas ediciones… no formaba parte de la historia de Huracán…?

¿Es que el Colegio Luppi, aquel que fundara Colombo Leoni, y en cuyos recreos del lunes se comentaban los goles y las jugadas del domingo… no era un vivero de jugadores y simpatizantes de Huracán…?

¿Es que el “Cine Ruso” – “El del Capuchino” – y “La Esclava” y “El Americano” y “La Tipográfica”, no estaban ligados a los mismos recuerdos…? ¡Sì…!

Todos esos lugares y la “Quinta de Pancho Moreno”, y cada una de las esquinas del Parque, están estampados en las paginas del club, que de tan modesto recibiera el mote de “Mate Cocido”, pues en lugar del te habitual obsequiaba con la criolla infusión a sus rivales, y que hoy, al correr de los años, es dueño de una sede lujosa y del primer estadio sudamericano.

Muchos de estos nombres y de estas evocaciones resultarán guarismos extraños a los ojos de los hinchas de hoy, pero todos ellos, probablemente harán llorar de emoción a los que aun quedan de aquellas primitivas jornadas. Que me perdonen los nuevos y que me acompañen en la evocación los de entonces. He escrito estas líneas para que la lean “Mario Luppi”, “Malerva”, “Ginebra”, “Banchero”, “Pepe Barreiro”, “Bivernat”, “Cantón”, “Armando”, “Bergantito”, “Duran”, “Sabelli”, “Ader”, “Tamangotes Rabanal”, y todos los que entonces parecían muchos en la tribuna de Chiclana y que hoy son tan pocos sobre las gradas del circo de cemento.

 

(*) Este texto fue publicado en el diario “Critica” del 8 de septiembre de 1947 un día después de la inauguración del que seria el Tomas A. Ducó. Entre sus evocaciones el poeta fundamental de Buenos Aires rescata –en su recuerdo- a los jugadores del equipo de 1917 a los que admiró teniendo sólo diez años, mientras crecía su amor por el Globo, el barrio y su gente.

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