¿Sabías que el 19 de mayo de 1990 una multitud quemera resultó histórica para una de las tribunas populares más grandes del país?

La historia del pueblo quemero mucho comprende de multitudes. Está en su antaño y los ríos de sangre que corre por los millardos de kilómetros de venas de su gente toda. El gráfico evolutivo de sus masas son de larga data y forman una suerte de Monte Everest estadístico, reflejado, por ejemplo, en la capacidad de su centro geográfico, Alcorta y Luna: de cada vez más construcciones albergadoras a restricciones para mermar los océanos de huracanenses.

Para el 17 de agosto de 1924, la capacidad inicial de la añeja y mítica cancha de madera era de 12 000 espectadores. Con los fuegos sagrados de la «Década de Oro» fueron también levantando más y más tribunas, elevando a 40 900 el número de posibles asistentes y volviendo al de La Quema el cuarto estadio del país en amplitud para 1930, cuando el club iba sexto en cantidad de socios. Con el aumento del caudal de hinchas llegó el cemento y con él la obra maestra: en 1943, la maqueta del futuro «Palacio de América» proyectaba una magnitud de sus instalaciones para 106 000 aficionados; aunque hasta 1947, más precisamente hasta su 7 de septiembre, se fue por más y el gran estadio abrió sus puertas con un tope de 135 000 (bienvenido sea el pasmo). Y allí cayó la «Bomba del Zar» de las masas huracanadas: en la victoria clásica ante Boca, rival que aportó más de 15 000 hinchas a la fiesta de Huracán, no sólo se colmó la capacidad, sino que se la rebalsó… Conllevando problemas entre los totales más de 120 000 huracanes vivos que no solamente poblaron tribunas y plateas, sino también escaleras, playones, pasillos y salas internas y hasta los techos de la elegante construcción base de las miríficas cúpulas de la Miravé… Hasta se corrió peligro infra-estructural por el peso que podían aguantar los cimientos internos. Tanto así, que del pico del Everest llegó la consecuencia institucional: se inhabilitó el recinto por un tiempo y automáticamente se restringió la capacidad total a 100 000, que aún dejaban a ese mundo palacial como el más grande de entonces en Argentina (1947). Se trató, claramente, de la más grande aglomeración de gente de Huracán hasta el hoy. Y cabe el desglose: a la cita con la historia de lo popular acudieron la mayoría de los socios de la institución (en la década, la entidad blanca y roja llegó a posicionarse tercera en esa índole sólo apenas debajo de Boca y River), una extensa mayoría de incontrolables «colados», más «sólo» 44 010 entradas vendidas en forma oficial, que marcaron un récord histórico para esa tierra de reyes recién y únicamente batido y superado en 1954 por los mismos protagonistas (año de las masas del deporte argentino en el que la escuadra del sur capitalino tuvo un promedio de boletos comercializados por cotejo superior a la alguna vez alcanzada por todos los clubes exceptuando sus cinco clásicos, e incluso a la media general de Boca y River entre 1917 y 2017)… Entonces, durante ese nuevo triunfo del Globo en las medias de los cincuenta, se extendieron 48 996 boletos, aunque se sabe con total seguridad que al duelo acudieron más de 70 000 espectadores y se estima un techo que, una vez más, superó los 100 000.

Empero, esos dos episodios tan grandilocuentes no hacen al todo: en líneas generales, entre 1920 y 1960, Huracán estaba siempre entre los récords de asistencia y recaudaciones, máxime en los años cuarenta y cincuenta, donde, valga la redundancia, un piso de 50 000 raneros era moneda corriente en el Parque de los Patricios. Hasta la actualidad, lo cuenta la historia de e y las boleterías: el Globo es sexto en promedio total de entradas vendidas según datos de AFA de 2009. Y esos focos de pasión con acrópolis en el por entonces «Palacio Jorge Newbery» y hoy Tomás Adolfo Ducó, también supo volcarse a las ágoras y la vía pública, donde cae en memoria reciente la gran fiesta por el Centenario del club (1 de noviembre de 2008) y la peregrinación de la sede al Obelisco de decenas de miles de huracanistas descalzos por los diez años del Día Mundial del Hincha de Huracán, entre tanto más.

Estas misas tuvieron, a lo largo del tiempo, otras locaciones como, a destacar, el templo sacro del eterno rival de plumas negras: con el Ducó en construcción y casi culminación, en 1947 una multitud de aerostáticos compró 33 400 localidades y, sumando además socios, que en esos días portaban el carnet de la contra para poder acudir a su estadio a ver a la «H» roja que en el corazón llevaban como estampa (motivo por el cual San Lorenzo alcanzó su máximo pico societario en la historia), había alrededor de 70 000 concurrentes. Las tribunas rebalsaban; las arcas, también: se recaudaron $47 571, cifra que, en época, era delirante; como parámetro a parangonar, sumando los partidos de Boca (visitante de Banfield) y River (local de Platense) apenas se superaron los $40 000. Fue récord de público y venta de entradas para un partido de fútbol argentino no disputado por alguno de los cinco grandes restantes.

Aunque, claro, toda esa serie de eventos descrita tuvo ocasión en tiempos felices… Pero no siempre fue así…

Comenzaba a correr la década del noventa y el aerostato de Jorge Alejandro Newbery sobrevolaba, desde 1986, aires impropios: tras setenta y dos temporadas ininterrumpidas en el círculo máximo, en el que cosechó once títulos oficiales (hoy trece), fue el tercer grande en caer en la desgracia que ofrecía la segunda categoría del balompié patrio (los primeros, San Lorenzo en 1981 y Racing en 1983). Recibió entonces y hasta entonces, el golpe más duro de esa maldita crisis multi-índole que comenzaba a gestarse y enquistarse en la historia de la institución. La gente del Globo conoció a fondo todos los límites comprendidos y alcanzados y hasta superados por la palabra «sufrir», pero pese a la pesadilla de la que se tardaba eternidades en despertar, nunca jamás dejó de acompañar, como siempre, a ese equipo aguerrido que intentaba transformarse en fénix a partir de sus propias cenizas. El transitar fue duro y mucho duró, pero la llegada tuvo su sabor melifluo… En el año previo, esa misma hinchada que en viejos calendarios anteriores daba cátedras magistrales en materia multitudinaria y sus récords, dio una muestra de incondicionalidad e inventiva sin ningún antes y con muchas copias posteriores: para 1989, en un acto creador y una actitud de férreo amor, dio existencia al primer telón del fútbol argentino.

Muchos fueron los batallarosos en cada escalón de cada graderío que resultaba inusual, y muchos los que desde el adentro del verde césped combatían con espada y sin escudo. Y, por fin, tras nombres y hombres que escribieron páginas en libros, tras penas e ilusiones incumplidas, tras rezos y mares de sudor, llegó ese día… El día del retorno.

Sábado 19 de mayo de 1990. Huracán visitaba Lomas de Zamora en la anteúltima fecha (la 41.ª) de lo que fue un torneo máxime difícil, siendo el único porteño entre once comensales del conurbano bonaerense, dos del resto de Buenos Aires, dos de Santa Fe, dos de Tucumán y el resto de Córdoba, Mendoza, Río Negro y Santiago del Estero. Ya habían sido muchos los intentos frustrados de retomar normalidad y el sufrimiento no cabía en las almas desgarradas. Pero el equipo, en verdad, era un equipazo: contaba con veteranos de guerra que dejaron la vida en sus últimas batallas y lucharon como nunca (llámense Cúper, Saturno, Puentedura); soldados en su medianería como Herrero, Delgado y Quiroz, y una joven joya turca de apellido Mohamed. Y a su afición, a decir verdad, también le cabía todo aumentativo. El estadio Eduardo Gallardón del Club Atlético Los Andes, que incluso lleva el nombre de un gran ídolo propio como lo fue Jorge Ginarte en uno de sus sectores, está ubicado, bienvenida la coincidencia con el sentir albo y bermejo con origen esmeralda de ese día, en la calle «Santa Fe»; tiene una capacidad superior a los de diez de los actuales veinticuatro equipos de Primera División y, sobre todo, cuenta con unas de las tribunas populares más grandes del país: son laterales (con respecto al campo de juego), miden 146 m y poseen 53 gradas en total. A esa tribuna visitante, una de las más grandes, le tocó la hinchada más grande: Huracán copó cada milímetro de la misma sin posibilidad de que quepa el más mínimo fragmento de un alfiler más en ella. El canto unísono era «Vamos a volver»; el canto al gol, fue de la susodicha joven joya turca de apellido Mohamed… Y la fiesta fue completa. Con toda gloria pasada y la que vendría. «En ese momento no te das cuenta. Vos decís “Bueno, es un gol más; un gol que te ayuda a ir a la punta”, pero después con el correr de los años te das cuenta que… Que quedó en la historia», arrojó tiempo luego Ariel Wiktor sobre ese grito multiplicado en decenas de miles de gritos. La tribuna explotaba; era una marea blanca y roja con globos, estandartes, banderas y una pasión increíble, inmarcesible e inenarrable. También, inolvidable: fue una multitud histórica para una de las tribunas populares más grandes del país. «La tribuna de Los Andes, si bien es una tribuna sola, para el visitante es una de las más grandes que hay, […] y ese día Huracán la llenó completa, y yo había jugado un año en Los Andes y nunca la había visto… Nunca había visto que un visitante te colme la cancha de esa manera», opinó Saturno sobre esa cantidad tan planetaria de gente. La emoción fue mucha, al punto de que un personaje tan rutilante de la esfera a gajos pentagonales como Héctor Cúper, en agradecimiento a los simpatizantes, dijo que vivió el momento más feliz de su vida. Casi al término el juego, al minuto 86 (sí, como si fuera una venganza para con los relojes), entraron a jugar los hinchas como lo habían hecho en 1973 y lo harían luego en 2000: un hormiguero de humanos entró en erupción en lo que fue una invasión quemera al pasto del regreso… Eso es volver.

Aquel día, el ganador formó con Gabriel Puentedura; Ramón Brítez, Héctor Cúper, Ariel Wiktor, Gustavo Szulz; Carlos Amodeo, Fernando Quiroz, Héctor Herrero; Sergio Saturno, Antonio Mohamed y Víctor Hugo Delgado. Sin embargo, además de sobre ellos, el respeto, el reconocimiento y el «gracias» por parte de su pueblo por despertar a Huracán del coma, permitirle «Volver a ser» y marcar a una de sus generaciones, reposa sobre el plantel todo. A los anteriores se suman: Carlos Carrió, Christian Corrales, Walter De Felippe, Eugenio Gentile, Gustavo Luque, Gustavo Montero, Horacio Monti, Gustavo Nievas, Ariel Paolorrosi, Carlos Taracido y Víctor Wolheim.

La despedida categórica, ya consumada la vuelta, se vivió en el Palacio Ducó vestido de gala en un feliz cierre por 3-1 sobre Atlético Rafaela, con multitudes poblando su norte, sur, este y oeste, bengalas rojas y blancas, un globo aerostático como protagonista central (tan simbólico y tan símbolo) y el telón, ese tejido un año antes, como alma de la fiesta.

Gonzalo Hernán Minici

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