#HistoriaQuemera ¡Feliz cumpleaños, Marcelo Barovero!

En Córdoba, tierra donde brotan a borbotones «5» históricos de Huracán (se encargan de afirmar el enunciado Viberti, Giúdice, Vismara y Bolatti, entre más), el 18 de febrero de 1984 nació un «1» digno de un diez: Marcelo Alberto Barovero, para el Globo, abundancia en un tiempo de escasez que el mismo no pudo retener en el arco.

A los cinco años comenzó (para nunca abandonar) su rol de guardameta, en Porteña Asociación Cultural y Deportiva, de su pequeño pueblo natal. Plantó, luego, sus raíces porteñenses en «La Perla del Oeste», y en aquella ciudad, a los trece, se probó con éxito en Atlético de Rafaela, donde debutó en mayores siete añadas después, en 2004. De comienzo dio mucho que hablar: afrontó la dura B Nacional con notabilísimo desempeño; tanto que fue elegido arquero de la categoría en 2005 y 2006. Sus 115 actuaciones protagónicas hasta la medianería de 2007 le valieron un boleto para abordar el aeróstato de Jorge Alejandro Newbery, que, piloteado por Antonio Mohamed, emprendía, tras retorno, un nuevo viaje en su división de siempre.

Admirador de Batistuta y espejado en Iker Casillas, de entrada a salida «Trapito» fue la certeza de cero bajo los postes huracanados. Hizo de los tres palos y la línea de cal un marco que lo encuadraba a él en el centro, triunfante en cuanto duelo con delantero rival. Dueño de una titularidad innegable, resultó la revelación quemera del Torneo Apertura 2007: toda su seguridad brindada resultaba garantía y llave de victorias, o, a veces, de empates imposibles por exclusividad de su hermosa culpa; emparejamientos en los que tapó con eficiencia más de una docena de situaciones netas, supieron dar fe. Fue el mejor de varios cotejos, menester de su gran técnica, su elasticidad y hasta su condición inexpugnable. En el Clausura 2008, «Chelo» para sus compañeros y ese hombre tímido y familiar para todos, ya no reveló, sino fue la figura estelar de Huracán: su buen rendimiento creció y su consolidación fue un hecho, tras actuaciones colosales. Supo hacer propio un terreno impropio (La Quema, con el Palacio Ducó injustamente clausurado, hizo de local en La Paternal); supo hacerlo fortaleza en la que se erigía inmenso guardián. En un clásico ante Boca (último campeón de la Libertadores con apellidos como Battaglia, Riquelme y Palermo) del 17 de marzo, en el que diarios lo puntuaron con la máxima calificación y titularon «Marcelo Barovero: el uno que jugó para diez», «El partido soñado» y más muestras de elocuencia sobre su grandilocuencia en cancha, la pluma de Waldemar Iglesias así lo abrazó en descripción: «Llegó, voló, saltó, la tocó, la rozó, ganó en cada mano a mano, gritó, levantó los brazos, cerró sus puños, volvió a saltar, volvió a volar, soñó que llegaba, llegó otra vez, miró, estuvo atento, se abrazó con sus compañeros, saludó, escuchó aplausos… Marcelo Barovero hizo todo. Y todo bien, en el Diego Maradona, en el cero compartido con Boca». «La cruz de Boca» lo llamaron, acorralado por decenas de periodistas al salir del vestuario. A partir de ese punto, cada día atajó mejor. Y así totalizó 38 partidos entre 2007 y 2008, cuando, sin holgura en bolsillo, la institución ranera, lamento mediante, no le pudo pagar la opción de compra.

Pasó a Vélez Sarsfield (2008-2012), donde logró los Torneos Clausura 2009 (asqueroso desenlace en polémica) y 2011 (siendo el jugador con más minutos del Campeonato), un subcampeonato en 2010, y recibió los Premios Ubaldo Matildo Fillol 2010 y 2011 por mantener su valla como la menos vencida, y luego, recaló al habitáculo que significaría el summum de su excelsa carrera: River Plate (2012-2016). En el conjunto millonario alzó el Torneo Final y la Copa Campeonato de la edición 2014 y luego fue el primero de los dos ciclópeos pilares huracanenses en la construcción del River de Gallardo, uno de los mejores de la historia (el ulterior, Gonzalo Martínez). Glorió en cuatro títulos internacionales (Copa Sudamericana 2014, Recopa Sudamericana 2015, Copa Libertadores de América 2015 y Copa Suruga Bank 2015), siendo, por lejos, la máxima efigie de las tres primeras. También se encargó de ratificar la imagen creada en Globo: fue una inmensa «cruz de Boca». Esculpió un idilio sin calendarios y se transformó en uno de los mejores arqueros de la historia riverplatense, con podio asegurado y un sinfín de premios (los Ubaldo Matildo Fillol 2013 y 2014, siendo el máximo ganador de aquella premiación; un puesto en el Equipo Ideal de la Copa Sudamericana 2014; el de Mejor Jugador de la Copa Sudamericana 2014; membresía en el Equipo Ideal de América 2014; Mejor Arquero Sudamericano 2014; Mejor Jugador de la Recopa Sudamericana 2015; miembro del equipo ideal de la Copa Libertadores 2015; miembro del Equipo Ideal de América 2015; Mejor Arquero Sudamericano 2015; y fue elegido séptimo mejor arquero del mundo por la IFFHS, también en 2015). Su paso por Belgrano/Nuñez, empero, ofreció el detalle importante de que Huracán, su antigua camiseta, resultó su mayor dolor de cabeza (como el de su técnico): de su parte recibió goles en los cuatro partidos que disputó (0-1, 1-1, 0-1 y 2-2), no pudo ganar ante la escuadra aerostática y, entre sus cuerdas, perdió una final (Supercopa Argentina 2014) y quedó eliminado de la Copa Sudamericana 2015, siendo campeón vigente.

Continuó en México: primero en Necaxa (2016-2018, campeón de la Copa México del último año) y luego Monterrey, su actual casa desde la temporada 2018-2019.

Hoy Huracán lo recuerda. Y Barovero, seguramente, recuerda a Huracán, donde aprendió tanto, donde se mostró al mundo balompédico y donde dejó un grato recuerdo.

Gonzalo Hernán Minici

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