#HistoriaQuemera ¡Feliz cumpleaños, «Kaku» Romero Gamarra!

El día número 11 de 1995, nació Alejandro Sebastián Romero Gamarra en Ciudadela, Buenos Aires. «Kaku», tan joven y tan grande; tan querido.

Predestinado a los aerostatos, pateó sus primeras pelotas en el baby de una de las tantas entidades que recibieron de Jorge Newbery, Presidente Honorario de la institución ranera, el nombre. Se probó en River y Vélez, sin suerte (para éstos). Gustavo Bordón, su guía de entonces, lo llevó a Huracán, donde encontró una puerta abierta y una bienvenida con aroma acogedor: a los diez años, con la mano solidaria de Patricia Mohamed, se quedó a vivir en la pensión del club, con el sueño de ser y cambiar la fortuna de su familia. Desde entonces, pasó más de la mitad de su vida en el sur porteño.

Humilde y simpático, se crió quemero y fue un hijo adoptivo del buen fútbol: durante el Clausura 2009, ese del encanto angelino, era alcanza-pelotas, soñando jugar como Pastore, Defederico y Toranzo, y sin saber que, menos de un lustro luego, sacaría lustre a esféricos junto a los dos últimos. En inferiores, además de un faro de apellido Apuzzo, tuvo como maestros a Ariel Borzillo y Gabriel Rinaldi (ambos, ex futbolistas huracanenses); sólo a sendos dos, y sólo hasta Sexta División, ya que su talento lo obligó a las categorías mayores en su pronta mocedad. Antes, el 10 de febrero de 2012, ya había dado mucho que hablar: el Sub-17 de la casa se consagró campeón del Torneo Latinoamericano de Mar del Plata con él y Espinoza (compañeros de tanto y en tanto) como figuras estelares y promesas nacientes.

A los dieciocho años, en julio de 2013, realizó su pretemporada inicial con el Turco Mohamed como líder táctico y, bajo magistratura de éste, el 5 de agosto debutó en Misiones, en la primera misión del torneo, ante Crucero del Norte. A poco, gritó mucho: ya con Apuzzo como interino, el 12 de octubre levantó al entero Ducó con su primera obra maestra, en la que entró al área, desparramó por el pasto con enganches quebradizos a un defensor y al arquero, y dejó a otro rival hecho trizas abajo del arco, con esa «16», que tantas alegrías supo dar en un tiempo no tan lejano, adornando su espalda durante la goleada por 4-1 frente a Aldosivi. Terminó la añada elegido como juvenil de mayor proyección en AFA.

Familiar y bromista en los vestuarios, sus dotes no son ninguna broma. Es un volante ofensivo que puede cubrir todos los frentes de ataque del mediocampo, máxime en posición de enganche. Altamente habilidoso, cuenta asimismo con una destacada pegada de media distancia, fuerte y/o precisa dependiendo de la circunstancia, más un repertorio de pases largos, cortos, y un baúl lleno de amagues y magia. En 2014, con la «17» inmortalizada, campeonó en la Copa Argentina y fue uno de los fundamentos de la vuelta a la máxima categoría. En 2015, ya con la «10», disputó la Copa Libertadores, gritó «¡Huracampeón!» (Supercopa Argentina 2014) y llegó a la cima del continente en la Copa Sudamericana; su desempeño lo llevó al Mundial Sub-20 de Nueva Zelanda en representación de Argentina. Durante 2016 y la primera mitad 2017 volvió al dorsal «17», y volvió a librar batallas por todo el terreno americano, regalando sus abracadabrantes caños, de los mejores del Palacio. Finalizó ciclo en un Huracán protagónico, otra vez, con el número «10». En septiembre recibió el peor golpe de su vida; su amada madre, Gladys, dejó los respiros. Él y su numerosa familia (tiene once hermanos, entre ellos Franco «Tata» Romero, que actúa en las inferiores del Globo) sufrieron grandemente la pérdida, y, en forma balompédica, se volvió una sombra de su totalidad. Pero, con apoyo del orbe huracanado y su notable resiliencia, volvió a ser. Y fue, hasta el 12 de diciembre de 2017, cuando disputó su último emparejamiento en defensa del Parque, frente a Belgrano, en Córdoba.

Supo ser un socio de Ábila. Supo ser dueño de una gran perspicacia. Supo ser hermano del lujo. Y la felicidad lo acompañó siempre en juego. Totalizó 125 partidas y marcó 14 tantos en Patricios. Entre ellos, la caricia del retorno ante Atlético Tucumán en Mendoza, en su primer toque del duelo (triunfo por 4-1); el pase a la red de Alianza Lima en Perú, segundo en Libertadores tras 41 años (goleada 0-4 a favor); el bombazo al ángulo del Centenario de Montevideo contra Peñarol (victoria por su hermosa culpa); el penal del empate 1-1 al minuto 95:47 con sabor a salvación y desahogo a Boca, a los postres campeón, cuando la pelota, prendida fuego, pesaba toneladas; el zapatazo agónico y milagroso a Deportivo Anzoátegui remontando un 3-0 en contra por primera vez en la historia de la Copa Sudamericana (triunfo por 4-0); y cuando puso el grito en el cielo versus Lanús (vencido 4-0), emocionando a toda La Quema, entre otros… No por nada voces lo llamaron «El de los goles importantes».

El 23 de diciembre de 2017 se acordó su transacción: 6 250 000 US$ y el 20% de una futura venta a cambio de sus servicios; su nuevo destino, el New York Red Bulls estadounidense. El 16 de febrero de 2018 se concretó la venta y, con veintitrés años, se transformó en uno de los hombres más jóvenes en la historia de la Major League Soccer. Recién llegado, con la «10», se hizo querer. A poco de llegar, a pisada, caño y rabona, se hizo aplaudir. Y ya ganó el MLS Supporters’ Shield 2018.

En mayo se nacionalizó paraguayo (nació argentino hijo de padres guaraníticos) y tuvo su estreno como enganche de la Selección de Paraguay el 12 de junio de 2018.

Entre visitas y donaciones, en uno de los salones del Palacio de avenida Alcorta en el día de su 71º aniversario (7 de septiembre de 2018) recordó: «Nací acá y no voy a olvidarme de dónde vengo». Contó que extraña demasiado al Globo y que, en Estados Unidos, lo van a ver hinchas huracanenses. El vínculo entre el retoño y su hogar no entiende de fronteras. Es que se trata de un trueque: el Kaku ofreció siempre su sonrisa, y el pueblo quemero le dio a cambio un «gracias»: gracias por su gracia.

Gonzalo Hernán Minici

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