#HistoriaQuemera Aniversario de Alfredo Di Stéfano

Barracas fue su cuna. Huracán, su casa. España, su reino. De La Quema a Madrid, un hombre y un nombre plantó bandera de la revolución balompédica mundial, sus récords y sus marcas. Marcó estampa en todas las estadísticas y no conocerá el olvido: el Excelentísimo Señor Don Alfredo Di Stéfano vivió en gloria y partió en Globo.

Hay mucho más de lo que se sabe, o, al menos, de lo que se dice, que lo relaciona con Huracán. Nacido el 4 de julio de 1926 en Buenos Aires, halló debut en River en 1945, mas no lugar: en tiempos de una «Máquina» ya engranada, este crack sin ayer ni espejos no tenía lugar, por lo que, aunque campeón, sólo jugó un partido en el Campeonato. Su rival, empero, quiso el destino, le abrió las puertas. Y así, a su leyenda: debutó ante La Quema el 15 de julio; La Quema pasmó, y anheló con fuerzas al futuro hecho futbolista… Los dirigentes huracanenses vieron en Di Stéfano una estrella y la quisieron en sus noches. Decían que, potencialmente, era el mejor jugador que habían visto. Pero River, despierto del sueño quemero, decidió no venderlo y en cambio lo cedió a préstamo por un torneo: si el elenco huracanado, que en entonces era emparejado con Boca por condición de grande, deseaba tanto a un jugador, ese jugador debía brindar sus motivos. Y finalmente lo vieron…

Con diecinueve años y la faena cuasi imposible de suplir al «Huracán Herminio», con lo que Masantonio conllevaba en Patricios, el centroatacante llegó y encandiló a propios y ajenos durante 1946: explotó fútbol. Iluminó a la entera afición con sus extremas capacidades, su inefable talento, su tan intrínseca característica de jugador de toda la cancha, su velocidad descollante y frenada quebrantada, su magia abracadabrante, sus gambetas de encanto, su toque galante, su porte de estampa y sus goles, sus muchos goles: fue el goleador huracanense del Campeonato de 1946 con 10 gritos en 25 juegos (además, disputó un cotejo por Copa Británica). Entre aquellos, los primeros de su majestuosa carrera (en la victoria por 3-2 ante Estudiantes, durante la fecha 5 del 26 de mayo en el Gasómetro); dos al rival eterno, San Lorenzo, campeón anual que ante el balompié de alto vuelo del joven estelar perdió 2-3 en su Boedo hoy añorado, en lo que fue la segunda de sus únicas cuatro caídas en el certamen; un tanto de engaño de ilusionista, con la mano y similares características a «La Mano de Dios» de Maradona, a Ferro en el año de su condena al descenso, que solamente advirtió un sordomudo hincha del Verdolaga amigo suyo; y, nada menos, su famoso y notabilísimo «Gol de los 8 segundos», contra River por la fecha 12 jugada el 21 de julio: con inmediatez al pitido de apertura, el ágil centrodelantero tomó el balón y lo llevó hasta el arco del émulo; resultó ser el gol más rápido del fútbol argentino, recién superado el 18 de marzo de 1979, aunque el legendario grito sigue latente en las crónicas del Parque con récord para la historia quemera. Del sur porteño recibió su mejor diploma, el de «Saeta Rubia», apodo por el que es conocido mundialmente. En desglose: «Saeta» por su gran velocidad y agilidad desplegada por toda la cancha; «Rubia», como agregado (en tono con la claridad de su cabello) para diferenciarlo de «La Saeta del Globito», el buen Llamil Simes.

El final de su vuelo en el aerostato de Jorge Newbery no fue tan feliz como su transcurso: ambas partes querían seguir unidas en agradecimiento mutuo. Pero el dueño del pase era River, quien pidió una inmensa fortuna, imposible de pagar ante la inminente huelga de futbolistas.

Su después es conocido: rey de «La Máquina de River», de la Argentina de Stábile en 1947, del «Ballet Azul» de Millonarios (Colombia), y del Real Madrid todo, considerado mejor club del siglo XX, merced, sobre todo, de las copas de Europa que el genio consiguió, marcando la «Era Di Stéfano». Tercer argentino con más títulos (25) en su haber (gran primero de su tiempo) y uno de los futbolistas más completos a nivel mundial. Es, para muchos, el mejor jugador de todos los tiempos. En cuanto a sus goles, su magia. A lo largo de su carrera, hizo gala de éstos: fue el máximo goleador de Argentina en 1947; de la Liga Colombiana en 1951 y 1952; del fútbol sudamericano en 1947 (principal anotador argentino, junto a «Tucho» Méndez, del Campeonato Sudamericano de 1947, que lo erigió campeón) y 1951; de la Liga de Campeones de la UEFA en 1958; y recibió el Trofeo Pichichi en 1954, 1956, 1957, 1958 y 1959. Ocupa, hoy, el sexto lugar en la tabla total de rompe-redes de la Liga Española (en su tiempo, fue segundo tras Telmo Zarra) y el tercero (primero en su momento) en la del Real Madrid, que lo tuvo como máximo exponente de su «Década Dorada». En lo global, está entre los principales históricos del fútbol con sus más de 500 gritos sagrados. Globales también, sus primeras marcaciones: las señaladas desde el Globo.

Tras totalizar sus todos, es considerado uno de los cinco mejores jugadores de fútbol del siglo XX por la FIFA. Recibió una Medalla al mérito de la FIFA en 1994, integra el Salón de la Fama del Fútbol Internacional de la FIFA desde 1998 y es miembro del FIFA 100 desde 2004. Ganó dos veces el Balón de Oro (1957 y 1959) y una el Balón de Plata (1956), además del único Súper Balón de Oro, primer Balón de Oro especial (1998). En 2004 fue elegido cuarto Mejor Jugador del Siglo XX (primero de Argentina, tercero de los de América y tercero de Europa —gracias a su doble nacionalidad argentino-española—) por la prestigiosa Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS en sus siglas en inglés) y también por todos los ganadores del Balón de Oro hasta 1999; la CONMEBOL lo sumó a la «Selección Histórica de la Copa América» y, entre otras distinciones, recibió: Medalla de oro al mérito deportivo (1966); Premio Konex – Diploma al Mérito (1980); Trofeo Mejor Futbolista de los 35 Años (Revista Don Balón, 1990); Medalla al mérito deportivo (Ayuntamiento de Madrid, 1996); Tambor de Oro de San Sebastián (1997); Premio Marca leyenda (1999); Gran cruz del orden del mérito deportivo (1999); Premio Presidente UEFA (2008); y Premio Francisco Fernández Ochoa del Consejo Superior de Deportes (2011).

Falleció el 7 de julio de 2014. Allí finalizó su rodaje: Huracán le abrió las puertas en 1946, cuando se inventó crack desde el Palacio Ducó, y así empezó el film «La Saeta Rubia» (literalmente hecho película en 1956), como también «Con los mismos colores», de 1949, junto a «Tucho» Méndez y Mario Boyé (dos huellas enormes en La Quema). Y se podría decir, sin faltar a la verdad, que Alfredo Di Stéfano fue un total hallazgo del Globo.

Gonzalo Hernán Minici

Noticias Relacionadas