#HistoriaQuemera ¡Feliz cumpleaños, Sixto Peralta!

Al pie de un cerro y a orillas del mar, nació, en Comodoro Rivadavia (Chubut), Sixto Peralta el 16 de abril de 1979. Años luego, subió al Globo y dejó grata huella.

Comenzó a rodar pelotas en las canchas de la CAI y fue esa entidad la que lo prestó a La Quema. Allí encendió las luces de su carrera: el club decidió adquirirlo a cambio de, en gran negocio, balones e indumentaria. Así el Mumo cambió ráfagas sureñas por huracanadas y en tierra de Huracán echó raíces. Sus condiciones daban que hablar y, por eso, antes de pisar Primera, representó colores patrios en Ecuador durante el Mundial Sub-17 (1995). Poco después, en 1996, debutó en el elenco mayor del cuadro huracanense a puro sol, a pesar de las sombras propias de la institución en aquellos duros tiempos que tres años más tarde se materializarían en caída. Por esos días, sus goles, distribución, buen control de balón y notable técnica, fueron algunas de las razones para esbozar una sonrisa en Patricios. Él, junto a otras buenas individualidades emergidas en La Quemita como Montenegro, Casas, Barijho y Lucho González, han sabido regalar momentos de goce en medio del sufrir, que luego, pese a la debacle deportiva, en lenguaje mercantilista se tradujeron en millones. Además, mientras latía su andar por Huracán ganó el Sudamericano Sub-20 con Argentina en 1999, además de participar en la Copa Mundial de la misma categoría.

Así totalizó 80 encuentros y 12 dianas entre 1996 y 1999 para luego vestir las camisetas de Racing, Torino (Italia), Ipswich Town (Inglaterra), los mexicanos Santos Laguna y Tigres, River, CFR Cluj (Rumania), Universidad Católica y Universidad de Concepción (Chile). Después del fútbol (2015), llevó sus 178 centímetros al básquet de su amada CAI chubutense. Aunque en el hodierno se lo ha visto campeonar con Huracán en Fútbol Senior y decirle, carnet en mano, «Hacete socio» al hincha quemero. Habrá que hacerle caso: él, como lo es hoy del Globo, ya ha sabido ser socio, en tiempos aciagos, de recuerdos que perduran.

Gonzalo Hernán Minici

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